Y decíamos que él era un hombre de sangre fría, porque no era un hombre de discusión ni disputa. Raras veces salía de su casa. En las ventanas y balcones había plantas y flores, lo mismo que en el corredor. Por un lado, en una gran ánfora de cristal, pescados de colores, y sobre su bufete, en jaulas primorosos colibríes, que él mismo alimentaba con agua de azúcar. Su mayor delicia era rodearse de ramos de flores y pájaros, y llamar a su hija Julia a que tocase la cítara, lo que hacía la niña con dulzura angélical, mientras con los ojos cerrados, sorbía a pequeños tragos café sin dulce al que era afectísimo...era al extremo callado, su andar era pausado y como oscilante, sus ojos hermosos pero amarillentos y tristes.  Julia jugaba en el jardín, mientras él la observaba, aquellos días de luna menguante, en que su corazón solo tenia tiempo de juegos y flores. Jugar en la casa era algo sencillo, se podia correr por su patio, asustando a las palomas.  Si Julia lo deseaba podia montar a caballo y alejarse un poco, por los caminos cercanos a la casa.  La niña miraba a su padre y pensaba en que algun dia tendria como ese hombre todas las respuestas de las cosas. Pensaria menos y escribiria mas cartas, a sus amigas y conocidos, iria a los bailes de la capital.  Entonces podría salir de la casa y vivir, vivir, vivir...